Alguien llamó a la puerta de su habitación.
—¡Acisclo! ¿Vienes a comer?
Miró el reloj. Era bastante tarde, había pasado mucho tiempo preparándose. Tomó su bastón y salió. La comida de la residencia era buena y no quería llegar tarde al primer turno.
Señor juez:
Mis padres decidieron mi fecha y lugar de nacimiento, mi religión, mis valores, qué podía leer, qué amistades me convenían. Mis profesores decidieron qué estudios debía cursar. Mi mujer decidió sobre mi ropa y mi alimentación, el colegio de nuestros hijos, nuestro lugar de veraneo. Mi jefe decidió cómo debía hacer mi trabajo. Y ahora, viudo y jubilado, mis hijos quieren decidir cómo tengo que repartir la herencia, en qué residencia voy a estar, si puedo enamorarme.
Esta es la única decisión que puedo tomar por mí mismo.