La cantante estaba tendida en el suelo de su habitación. Abrió los ojos muy lentamente. Esta borrachera sí que ha sido descomunal, pensó. Estaba muy débil, con náuseas y un insoportable dolor de cabeza, pero su mente estaba lúcida. Por muchas drogas y alcohol que consumiera, nunca perdía del todo la lucidez.
Poco a poco, se arrastró hasta su cama. Miró el despertador; aún faltaba un rato para que llegara su asistente personal. Ya le parecía oír el sermón de costumbre: «¿Otra vez? ¿Por qué te estás destruyendo a ti misma? Lo tienes todo: juventud, prestigio, dinero, un ejército de
fans, unos padres y un hermano que te quieren. Todo». Y ella respondería, como de costumbre, balbuceando alguna incoherencia. Pero no le diría la verdad. No podría entenderlo, nadie podría. Su talento y una buena promoción le habían llevado hasta la cima, sí. Pero su ambición, su obsesión, era otra. Toda su vida había ansiado ir más allá de la cima, alcanzar esa condición que sólo unos pocos tenían. Y para ello tenía que sacrificarlo todo. Incluso a sí misma.
Le invadió el sopor. Y ya no despertó. Por fin conseguiría ser lo que siempre había deseado.